
MI CONSUMO DE DROGAS

El mayor miedo de papá en mi pubertad, era que yo me metiera drogas. Así que fui muy fresa hasta los veinticinco años y, aún ahora, me influye para resignificar mi consumo lúdico y darle una intención funcional en tres sentidos: Como psiconauta, como herramienta de autobservación y en su aspecto ceremonial de sanación.
-Entonces, un mejor título para el post sería “Mi trabajo con los enteógenos”, pero el actual le da cierto atractivo morboso-.
Crecí bajo la satanización ochentera de la campaña Di NO a las drogas: Irremediablemente adictivas, destructoras de la personalidad y causa de locura o indigencia. Sin embargo, probé la mariguana a los quince años y durante otros diez me convencí de que no era nada para clavarse porque, cuando se corría el toque en la borrachera, me daban unos bajones de brutalidad y amarillez propia de Los Simpson.
Y, sin embargo, me clavé. Al llegar a San Cristóbal y encontrarme con yerba barata y banda golosa, aprendí que primero se fuma y luego se bebe, así como algunas consecuencias de atascarse con sustancias para vivir en “un mundo lleno de sensaciones, pero vacío de sentimientos”, según dijo alguien. También probé por allá los honguitos, el opio y la coca.
Luego me fui a Potrero, donde la mota era fuerte y en casa se fumaban varios churros al día; lo normal entre la banda, pero demasiado para mí. En cambio, con el peyote fui más reservado y sólo salí a buscarlo dos veces durante ese año. Ya había visitado antes el desierto, le compré mescalina a un traficante y me quedó una sensación culposa.
Al volver a la ciudad, seguí fumando de manera más moderada y consumí poco de otras sustancias hasta que cumplí los cuarenta. Entonces, el peyote me buscó a mí. Comencé a ir a ceremonias con ésta y otras plantas de poder -enteógenas-, seguidas de sesiones grupales de integración, para trabajar el duelo por la muerte de mi madre y otros temas de mi terapia psicológica.
Entonces comprendí a estas drogas como Medicina, término más adecuado por su función y sin el prejuicio adictivo; que conviene consumirlas como parte de un proceso personal de introspección implacable, en vez de sólo ver lucecitas, y por qué han sido origen del pensamiento místico de muchas culturas que reconocen un espíritu dentro de ellas.
Probé ayahuasca, ska pastora -Salvia divinorum- y el sapo -Bufo alvarius-. Bebo poco alcohol y no uso drogas sintéticas, excepto LSD y unas veces MDMA -éxtasis-. Reconozco una dependencia a la yerba y al tabaco, complementada con café, redes y TV, además de que estas primeras publicaciones, llevan el contexto de una microdosificación de psilocibina.
Aleks, editor y amigo, me insta a honrar el legado de Bukowski y Hunter Thompson en estas letras. Lo hago con reserva, pero es probable que fume mota al escribirlas; por eso procuro no hacerlo de manera mecánica, sino darle alguna intención acorde a su efecto: No para evadir sino por interiorizar en mis sentimientos, no como muleta creativa sino por la fluidez del pensamiento, y no cuando edito los textos porque divago re gacho.
Las drogas son tema del blog, para compartir las reflexiones de mi autobservación como psiconauta. En esta Temporada te cuento aquellas con los honguitos -Psilocybe-; sobre las ceremonias y su poder sanador, el contacto con su espíritu Maestro -M.- y lo sobrenatural, incluso algunos posts con notas de mi bitácora de viajes, pero sin la intensión de hacer un elogio al exceso. Aunque hago honor al estilo Gonzo de Thompson, no me atrevería a imitar sus hábitos de consumo.
-Entonces, un subtítulo para el post podría ser “La sanación a través del miedo”. Enfrentar demonios internos o la programación ochentera de volverme loco con los hongos, ayudó a limpiar mi mente de muchos conflictos, como en la relación con mi papá-.
Al hacer consciencia sobre su gran temor vuelto realidad (que yo consuma drogas), me doy cuenta de que el miedo funciona por Ley de atracción, cuando su poderosa energía no se libera en coraje o huida. Ahora, ambos sabemos que la adicción o la indigencia no son un resultado ineludible bajo un consumo responsable y, chingón como es mi padre, hasta hemos viajado juntos.


