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PERDER LA INOCENCIA

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El primer paso para trabajar sobre la consciencia es observarse, y el segundo, darse cuenta de los propios errores y asumir responsabilidad. Mi M. (de Maestro) Uru define de elevada manera este proceso bajo la máxima “El pedo, soy yo”, invitando a dejar de culpar a lo de afuera como reacción inmediata ante lo que se ve mal desde adentro.


Entender esto cuando viví en el desierto, me habría evitado sentir vulnerable ante varias oportunidades de expandir mi inocente visión juvenil. En los textos de esta Temporada, las diversas confrontaciones del mundo real con mi condición de citadino fresa se ganaron un tratamiento especial.

Si en San Cristóbal reconocí mis máscaras aprendidas, aquí me tiraron las de fábrica: Las de familia, educación y clase social. Mientras ayudaba a construir una barda en el terreno de Renato donde viví, un joven albañil me preguntó con desconcierto: “¿Y si tienes una carrera, pa’ qué andas haciendo esto? Yo me habría largado de aquí”.


Y cómo no. Durante esos días de trabajo rudo comprendí su desesperación (y la de muchos) por imaginar un futuro sin carencias, la necesidad que obliga a jugarse la vida en la frontera o las minas de carbón, la elevada consciencia (nomás de algunos) para resistirse a la alternativa del crimen y asumir sin rencor un sistema de privilegios que no le tocaron.


¡Cuánta falta me hacía tocar tierra! Porque, además, te contaré que llegué bajo una cándida pretensión espiritual, salida de algún momento de maquinaciones pachecas: La posibilidad de recibir un mensaje de iluminación del peyote o alguna guía sobrenatural de un supuesto destino… El problema siempre es el Yo.

 

Por ejemplo, cuando un adolescente pudo burlarse de mí al compartirle un toque guango y panzón: “¿No sabes ponchar?”, me dijo confundido entre la imagen de autoridad que intenté proyectarle y mi terrible desempeño. De nada sirvió justificarme por fumar en pipa, me puse en evidencia como pacheco principiante frente a un chavo de pueblo con más colmillo… El pedo, fue mi pretensión de lucirme.


¿Cómo no me iban a agarrar de botana? En especial Renato, quince años mayor a mí, artesano y heredero de una tradición de albur y carrilla carcelera en los barrios chilangos; o Heike, su pareja, activista punk que en los años 70 participó en revueltas contra la banca europea; o Beto “loco”, el vecino mecánico y experto cazador de fauna local, quien también fue pollero, padrote y traficante.


Me puse de pechito al bullying, y a algo peor, al asumir estas vivencias tan ajenas como algo aspiracional. Por querer derrumbar mis esquemas y máscaras, cuestioné mis creencias y adopté comportamientos que no me eran propios; al buscar encajar entre quienes proyectaba una imagen de autoridad, preferí la sumisión para no sentirme ofendido. ¡Cedí mi voluntad, con una chingada!


Las confrontaciones de mi inocencia con otras realidades son tema para varios posts, porque además incluyen el contacto con gente gandalla y en situación de cárcel. Ya antes había trabajado y hecho amistades en una prisión de Chihuahua durante mi servicio social, pero el desierto logró exacerbar mi candor imaginativo, como en cierta ocasión que acampamos con un exconvicto por asesinato… El pedo, claro, sólo estuvo en mi mente.


Nuestros tiempos dan algo de crédito a la frase “Piensa mal y acertarás”, pero incluso la postura más maliciosa resulta ingenua cuando su experiencia es unilateral. Una actitud cerrada predispone a sentirse vulnerable, culpa a otros o a las circunstancias por miedo a asumir lo propio y se aferra a las máscaras que protegen el confort del implacable despertar del entendimiento.


El tercer paso, pues, para trabajar sobre la Consciencia, es tomar acción. Según el M. Uru, se trata de ir puliendo el ego al corregir los pedos de los que somos responsables y sin comprarse los de otros, ya que en su opinión: “Las personas no cambian, sólo adquieren sensatez”.

Mi experiencia no da para sentirme un tipo de trabajo rudo, con colmillo, ni gandalla, pero en ella reconozco la fortuna de no haber necesitado vivir esas realidades que suprimen la inocencia, para darme cuenta de la propia.

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Curador editorial: Alex Ayala - Diseño y programación: Daniel Botvinik Dbcom - Ilustración: Alejandro Gutierrez "Choco"

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