
EL TESORO DE JOVEL


El valle de Jovel, hoy abarrotado por San Cristóbal, me evoca un remanso territorial entre mis cordilleras juveniles. Uno de los grandes tesoros en la vida es lograr la paz de comprenderse a uno mismo, y en este lugar descubrí ese potencial para mi larga búsqueda de algo más propio y auténtico.
O sea que descubrí el tesoro, pero tardé dos décadas en asimilar qué carajo hacer con él.
En sí, la vida en SanCris es una joya temática para otro blog, y no uno turístico sino psicológico. ¡Qué ciudad! Por lo pronto, en éste compartiré “un su reflejo” (así dicen allá) de la magia que atrae tanto al sosiego como al desmadre, a intelectuales y locos, al conflicto y a la reconciliación, a confrontar extremos y afinidades, y otros detalles por los cuales la banda le llama con cariño: San Crisis.
Encajé perfecto en su dinámica. Llegué cargando un buen paquete de ego entre las crestas y depresiones del inicio de mi vida independiente, para enfrentar una difícil curva de adaptación, al parecer muy común entre los fuereños que invadimos este valle de forma histórica. “El lugar te prueba”, nos decíamos, pero ese periodo era apenas la entrada a un entorno que puso bajo evaluación el paquete que acarreaba cada persona.
El mío, en buena parte, se trataba de estupidez emocional y miedo al compromiso. Poco antes, mi imprudencia hirió a dos amigos por unas chicas, así como a otras chicas por la poca claridad en mis intenciones y, además, atravesaba por un intento frustrado de formalizar un noviazgo en Monterrey. Con esa carga, al llegar aquí me resultó fácil repetir los patrones de mi ego aprendidos desde el verano que viví en San Miguel de Allende (viaje Espejo de esta Temporada) y, la verdad, me la pasé re bien.
Es bueno encontrar un tesoro; el pedo es hacer buen uso de él. No importa si se invierte o se cambia por baratijas, la cosa es no volver a enterrarlo. Por eso quiero revelarte la magia de este lugar que, al sentirlo tan propio, me permitió confrontar las carencias que desbarrancaron mis relaciones, desde la planicie de ser más claro en lo que buscaba de ellas.
Mi juego de máscaras aprendidas, incluido en todo paquete psicológico, se volvió obsoleto frente a esas nuevas relaciones más afines y despreocupadas. Claro, me hice de otras, pero con la diferencia de que pude ubicar mejor las que ocultaban mi personalidad de aquellas que le daban algo de brillo.
San Crisis renovó la confianza en mí mismo; calmó mi mente de pretensiones profesionales y aclaró mis emociones al reinventarme entre su gente. Y por eso, también te quiero contar de esos personajes cuyas vidas son joyas literarias como las del Mago y Chon, Mayramorfosis y la comunidad rosa, artesanos pachecos, reporteros de guerra, bases zapatistas, europeos indigenistas, coletos progresistas, presuntos espías del CISEN y hasta “un mi ahijado” chamula.
De no ser por quienes me condujeron y recibieron ahí, mi vida sería muy diferente ahora. ¡Como de haberme ido a Monterrey! Gracias a ello comprendí el poder que hay en asumirse para compartir, en darse a otros sin los obstáculos conductuales que pretenden protegernos, y en buscar experiencias auténticas que pueda reinvertir en mí y en una contribución a mis tiempos.
El tesoro que encontré en el valle de Jovel, fue conocerme mejor a través de personas brillantes. Su reflejo en mí, amerita ser un tema especial en esta Temporada. Porque en ellas me enseñé a mostrar mis carencias y así me abrazaron, porque ante mis abruptas serranías conductuales igual me corrigieron, porque aún estamos, aunque no nos vemos, y su ausencia me recuerda cuánto amo a quienes tengo cerca… A pesar de ser algo solitario y desafanado.


