
VIAJE ESPEJO 1: SAN MIGUEL

Mis “viajes Espejo” reflejan la experiencia de cada Temporada del blog. Al escribir sobre los años vividos en San Cristóbal, Potrero y Huautla, encontré similitudes con los meses que pasé en San Miguel de Allende, Guachochi y Europa; y a la vez, descubrí cuánto pude haber aprendido en esos veranos, de haber sabido lo que ahora en mis otoños.
Las coincidencias, de inicio sorprendentes, dejaron de ser casualidades al verlas como un ciclo natural de aprendizaje: Lo que no capté siendo estudiante, se repitió después con lecciones más intensas. Los tres posts de “viajes Espejo” sirven de contexto a los temas del blog, y a mí, para reflexionar sobre los patrones repetidos desde mi desmadre juvenil.
Mi verano de 1994 en SanMike, refleja el año que viví en SanCris por lo bien que la pasé. Mi intención era tomar talleres en la escuela de Bellas Artes (pantomima y alfarería en torno) y trabajar de mesero para mantenerme. Por su parte, el lugar me ofreció una etapa muy alegre entre fiestas, grandes amistades y su energía cultural de calles coloniales con los ya altos costos de su pretencioso ambiente para gringos jubilados.
En ambos lugares, llegué en busca de algo más propio y cargando un paquete sicológico de máscaras universitarias y el final de unas relaciones a distancia. Al permitirme ejercer con libertad mi personalidad incipiente, la fiesta ayudó a reforzar mi auto confianza y a explorar mis facetas con ligereza entre personas que resultaron brillantes y confrontativas.
Una diferencia es que en San Miguel no me adentré a explorar las drogas. En una libreta vieja de esos días, escribí mis dudas ante la tentación de fumarme una colita de mariguana que sobró de una fiesta en mi departamento. Fue una noche memorable por las quejas vecinales, atascarnos de sandía caminando hacia el bar y por el testimonio de nuestro debraye plasmado en el dibujo del Conejo de Morolión (sic) que nos hizo reír por días.
La sincronía entre estos periodos de vida, se engarza en amistades con quienes disfruté mi natural forma de ser. A pesar de nuestra ausencia de décadas, aún los tengo muy presentes, porque no es casual conocer a un hermano como Gabor, ni que Rosa me confrontara con mi rigidez esquemática, o que Sandra señalara mi búsqueda de ligue como una carencia afectiva, ni que Tania fuera la relación a distancia que terminó antes de irme a San Cristóbal.
En las dos ciudades conocí a montones de creadores y de locos. En SanMike, por ejemplo, a un guitarrista que no daba la mano para no perder su vibra, o a una pareja de teatreros alcohólicos con quienes monté la obra Pedro y el Capitán. Por eso, al contarte más adelante sobre mi banda de SanCris, quizá se cuelen personajes de estas vacaciones que también son espejo de mis procesos.
Ambos periodos de vida me remiten al verdadero trabajo de vida conmigo. Al reto emocional de afirmar el ego y exponerme a vulnerarlo; a confirmar que bien podría subsistir como mesero o publicista, sin menosprecio al título o al sueldo; y, por otro lado, a descubrir que lo anterior ponía en evidencia mi confusión vocacional y el poco contacto interno por querer definirme sólo desde la mente o lo profesional.
Decíamos en la carrera de Comunicación, que es un mar de conocimientos y un chapoteadero de profundidad y, según se dice, la profesión delata las carencias de sus estudiantes, lo cual aplica perfecto en mi caso. Al darle tal sentido a mis patrones, veo ahora que mi constante deseo de búsqueda venía de cuánto me faltó ahondar en lo aprendido, en mis objetivos a largo plazo y en la claridad con mis relaciones afectivas.
Siempre sorprende descubrir la sincronía entre los procesos, porque nadie nos enseñó a notarla todos los días y a darle un sentido propio. Quizá eso ayudaría a caer en cuenta de las lecciones de la vida, para no volver a repetirlas o generar patrones que dificultan el trabajo de aprendizaje personal… El que en verdad importa.


