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TRABAJAR CONMIGO

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Mi mamá me llamaba “Ajonjolí de todos los moles” por desaparecer de casa metido en diversos proyectos escolares, si no es que también aludía mi dispersión en gustos y talentos sin explotar. Buscar lo mío se volvió todo un Trabajo de vida que sólo prosperó al dar más atención a mis emociones y asumirlas con responsabilidad asertiva.

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Lo explico en ese post como una labor guerrera, el observarse para enfrentar los vicios del ego, y narro el origen de ese proceso psicológico en otro texto sobre mi Labor de sanar. Mi chamba personal fue clave al ampliar la profesional -de comunicador a terapeuta- y encontrar en su síntesis la vocación que hoy guía mis actos. Para lograrlo necesité media vida, algo de asesoría profesional y experimentar conmigo de distintas formas.

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De chico me costaba socializar. Una psicóloga sugirió cambiarme de escuela y eso mejoró mi convivencia, mas no me libró del bullying por chaparro y matadito. Leía mucho, variaba de pasatiempos, coleccionaba cosas y veía caricaturas de manera obsesiva, aunque por periodos me animaba a salir en bicicleta o a jugar bote pateado con los niños de la cuadra.

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Al pasar a la secundaria, decidí dejar de ser un nerd con la gran idea de agarrar mi primera borrachera, renovar mi guardarropa para ir a las discotecas y ampliar mi círculo en una escuela fresona. Un año después tomé clases de guitarra, conocí a la banda metalera de Cd. Satélite y muté de vestuario, así como de tribu urbana -eran pocas en los 80-. Ya en la prepa, volví a cambiar de amistades y gustos que me ayudaron a ubicar preferencias más auténticas.

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Para la Universidad tuve asesoría en orientación vocacional. Mis opciones eran Psicología y Arquitectura, pero me recomendaron con acierto estudiar Comunicación ya que la carrera refleja mi patrón de diversidad al enseñar poquito sobre muchos temas -Ajonjolí de varios moles-. Siempre preferí salir de viaje a comprar cosas, mis relaciones fueron breves o a distancia, y solía ponerme a prueba con vivencias un tanto inusuales.

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Mi cuarto fue mural de mis ensayos de personalidad. De niño tenía posters enmarcados de sitios arqueológicos, que en mi etapa fresa sustituí por Heather Thomas y dos Lamborghini rodeados con cajetillas de Marlboro pegadas al muro. Durante la fase metalera, intervine la instalación grafiteando una diana para dardos y colgué las fundas de mis diabólicos discos de vinil. Al final, cerré el ciclo regresando los carteles turísticos a sus paredes blancas.

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Una vez me volví ciego durante una semana. De día usé unos goggles pintados de negro y dormía con parches de gasa, recorrí con el tacto las habitaciones identificando objetos, salí a la calle con bastón y a los bares con amigos, visité a mi novia en Cuernavaca, escribí varias hojas al respecto sin saber que no había tinta en la máquina y recibí bromas que nadie se permitiría con un invidente real.

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Por ahí me han dicho que estoy medio loco. Mi tercera visita al psicólogo fue luego de volver del desierto y de mis primeros años de práctica laboral. Fue un periodo inestable con mucho que procesar, como fuertes conflictos legales y familiares o regresar desempleado a casa de mis padres; por lo mismo, nunca me puse a analizar o escribir mis experiencias en los viajes sino apenas hasta ahora, veinticinco años después.

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Además de ser disperso y distraído -antes no teníamos TDAH-, combato el hábito de procrastinar. Este blog tiene muchos ejemplos de mi trabajo personal; descubrir qué es lo mío en la vida fue sólo uno resuelto a largo plazo, porque la talacha incluye toda una corrección cotidiana para renovar los hábitos, saber ajustar el carácter y sus consumos, disciplinar las actividades y sortear sus obstáculos con una intención más clara.

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Esta labor nunca termina. La de observarse, primero, para darse cuenta de aquello bajo nuestra responsabilidad, y luego ponerse más guerrero en las acciones diarias de acuerdo a un principio de ritmo propio -Todo fluye y refluye por periodos-. No se trata de cambiar quién somos, sino de progresar con sensatez, incluso si la constante al vivir es seguir cambiando

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Aún conservo mis notas y estudios clínicos y veo cómo, sin quererlo, me confirmé en mis experimentos. Hoy lo escribo porque ayuda a interiorizar el ego y soltar etiquetas compradas, pero el mayor trabajo conmigo fue con los honguitos en Huautla; una capacitación intensiva para probar mis herramientas y hacerme de nuevas, como la certeza de poder canalizar mejor mi voluntad en la vida en vez de andarla espolvoreando cual ajonjolí en mole.

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Curador editorial: Alex Ayala - Diseño y programación: Daniel Botvinik Dbcom - Ilustración: Alejandro Gutierrez "Choco"

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