
TRABAJAR DE ARTESANO



Me convencí de aprender a hacer artesanía, para crear y subsistir con la labor de mis manos. Darle este sentido a mi trabajo corporal en el desierto -junto con la siembra y la construcción-, me dio la tranquilidad de tener una fuente de ingreso alterna antes de empezar a ejercer como comunicador. A fin de cuentas, modificar un estilo de vida es cosa de actitud.
Ya compartía esa afinidad por viajar, compraba cosas a “los hippies” y sabía aprovechar los materiales disponibles. En la primaria, recuerdo quitar cuentas de vidrio al candelabro de la sala para hacer un collar con pulsera y declararme a una niña. Funcionó de inicio, pero me los devolvió a la salida porque le dijeron que yo era muy chaparro para ella. Tanto su rechazo como el regaño de papá por mi ocurrencia, fueron indicios de algunos gajes del oficio.
En San Cristóbal me apasioné con el ámbar que sólo conocía por Jurassic Park (1993). Aprendí a pulir pedacería en bruto, fui comprando un lote entre las sobras del intenso saqueo internacional y conocí mejor a los artesanos urbanos con su forma de vida hipiosa, como promotores turísticos de la fiesta en los antros y cuyos excesos les ganaron el divertido apodo de “artezánganos”.
Decidí volverme uno, pues, para subsistir en Potrero, porque el único medio de comunicación en la zona era el teléfono de la tiendita. Resultó ser una forma de vida muy distinta a lo imaginado; las ventas en Real de Catorce le dieron a Renato una linda casa con todas las comodidades que yo pretendía evitar, y cuando viví solo unos meses, bastaron para cubrir mis gastos y mantener a los animales.
Eso de volverme artesano, es un decir. Pasé la iniciación de rebanar mis dedos y hacer callo maleando alpaca, pero nunca me tatué, ni me hice dreadlocks -o rastas-, ni me levantó la policía o se robó la merca, entre otros rasgos comunes en la práctica que implica mucho más que copiar actitudes y técnicas para subsistir del rol, según aclaraba Renato de vieja cepa en el gremio.
Aprendí a hacer cadenas, engarces y figuras básicas con alambre; a tallar madera, piedras y el ámbar que llevaba de Chiapas; a elegir materiales, proveedores y lugares donde tenderme; a montar mi manta a modo de poder alzarla de un jalón en caso de emergencia; a hacer intercambios sin interés económico y ajustar precios según mi percepción del cliente. Y aún hoy, aunque sea hobbie, trabajo en abrir mi percepción a la energía de las piedras.
Tampoco me hice artesano entre la banda. La familia se mudó a Potrero, justo por alejarse de su dinámica en Real de Catorce. Todo el tiempo me contaban detalles de sus tranzas y malpedismos; incluso me pidieron mantener cierta distancia y tenderme lejos de los demás. La policía me dejó hacerlo por tratarse de Renato, tramité un permiso municipal sólo en fines de semana y enfrenté la suspicacia de ser el único fuera de la zona asignada para vender.
Algunos sólo preguntaron, otros me volaron piezas, a muchos les caí gordo y en ello descubrí que esa aparente fraternidad hipiosa tiene sus puntos ciegos cuando va de por medio el espacio, la venta o una turista guapa. El caso se vuelve extremo en las ferias y temporadas altas, cuando las mafias de revendedores gandallas desplazaban a todos los locales.
La banda, como el desierto, fue algo áspera, pero las pocas amistades en mi distanciamiento social me ayudaron a completar mi perspectiva del oficio y de Renato, al contarme algunos chismes suyos de regreso. En este sentido, mi labor con las manos también tuvo que ver con sensibilizar mis relaciones, la tendencia al aislamiento y la necesidad de pertenencia.
Al volver a la ciudad, una chavita fresa me presumió su “joyería” que resultaron collares de hilo de nylon con cuarcitos perforados, plumas y el broche pegado con silicón. Le pregunté si usaba piedras preciosas, las señaló con gesto de obviedad y sólo sonreí complaciente. Ni cómo explicar su error de concepto ni el trasfondo social y creativo del trabajo de artesano, a quien puede mantener un estilo de vida con actitud de joyero.


