
BETO "LOCO"



De pronto Beto detiene el paso, apunta el rifle y me susurra: “Mira, ahí ‘stá el águila”. Este es uno de los grandes personajes de esta Temporada, intrigante por los extremos que me refleja y un modelo para confrontar mi percepción fresa con la realidad del campo… Como en ese momento que estaba por darme una muestra de su crudeza.
El vecino de Renato, similares en edad e intensidad de carácter, vivía entonces con sus padres campesinos con quienes la relación entre familias fluctuaba entre la cordialidad y el recelo. Su mamá y una hermana menor mantenían lo primero, cuando las borracheras de Beto y su padre detonaban lo segundo. Entre periodos de colaboración y pleito, pude conocer algunas de sus facetas que le dieron su fama y apodo en la región.
También era conocido por tener uno de los dos talleres antes de subir a Real de Catorce, y porque el suyo cerraba en temporadas de ebriedad. Igual que muchos niños incorregibles, su inteligencia sin cauce lo hizo huir del pueblo y nutrirla en cualquier tipo de jales, entre los lícitos y otros más creativos. Tras años de correrías, volvió a Potrero a practicar el oficio de mecánico automotriz y su gran talento de infancia: Una aguda percepción de los animales.
Conocía sus costumbres, sonidos y rastros porque había matado todo tipo de especies en la zona. En especial sabía de serpientes. Él me enseñó a despellejar y cocinar una cascabel, me contó de una mordedura superficial que lo puso a alucinar por horas y dos personas confirmaron haberlo visto distraerlas con una mano para atraparles la cabeza con la otra, aunque según dijo, ya no hacía esas mamadas.
Una vez le pidieron cazar veinte ratas de campo, quizá por las pieles o para algún remedio brujo. Yo lo acompañé y nunca más quise volverlo a hacer. Recuerdo cómo ubicaba en la arena las huellas que yo no podía distinguir, la dirección hacia donde cavar a partir del hoyo de las madrigueras y, de forma imborrable, los chillidos cuando encontramos una llena de crías.
Fuimos cuatro veces a buscar colmenas de abejas silvestres. En una de ellas, un zángano atacó directo su entrecejo, volteó a verme señalando el aguijón con la mirada bizca, un gemido entrecortado y sacando la lengua entre su espacio sin dientes. Yo me llevé otro piquete en la mano hurgando los panales, pero todos estaban secos de miel. Derrotados al volver a casa, de pronto, Beto detuvo el paso y encañonó sin estorbo de su inflamación a una de las tres águilas restantes del valle.
A Beto le tiraron los dientes frontales de un tubazo en un bar de la frontera, quizá por andar de padrote y pollero o tan solo por su incontrolable desmadre en esos tiempos. Su intuición del desierto y sus mañas citadinas le enseñaron a evadir a la migra, así como a abandonar migrantes a su suerte o andar kilómetros de veredas con mulas cargadas de quiotes -tallos de maguey- para hacer dulces, que en realidad iban rellenos de mota.
Sus historias y mañas parecían llevarlo a un conflicto interno (indicador de inteligencia) que por periodos sacaba contra todos los demás (costumbre popular). Cuando llegué a Potrero, acababa de reconciliarse con Renato por haberle gritado insultos fuera de su casa en una mala peda; meses después presencié la repetición del drama y luego otro episodio algo más frenético por el cual ya no hubo acuerdo de paz.
Cuando Renato y su familia salieron de viaje unos meses, me confesó con malicia que nunca podrían ser amigos y todos los malos chismes conocidos sobre él. En vez de causarme conflicto me puso en alerta, como al rastrear animales, y aunque dejamos de salir al monte nos seguimos llevando bien. En mi décima peregrinación al desierto, supe que Beto levantó su taller en la primera entrada de Potrero, donde vive con una chica extranjera y atiende de manera más constante. Pasé por ahí a buscarlo, pero no lo encontré.
A unos metros del águila posada sobre un tronco muerto, asumo que Beto le apunta por costumbre, por llevar las manos vacías de miel y la frente inflada con veneno, así como por la opción de vender sus plumas, garras y cabeza. A punto de perder una región de mi inocencia ante la inminente dosis de realidad, apenas alcancé a preguntarle:
-¿Y te la vas a echar?-.
-A huevo-, dijo ante lo obvio.
-¿Y pa’ qué?-, me salió.
Tras un momento de conflicto bajó el arma, asumió la pregunta para sí mismo y reanudó el paso. Supongo que confrontar los extremos entre una perspectiva fresa y una tan maleada, siempre abre la oportunidad de tomar consciencia de otras realidades.


